TOPOS EN EL JARDIN DE BORRELL

| 10 noviembre 2022 | Responder

Hace unas semanas el vicepresidente y responsable de la acción exterior de la Unión Europea Josep Borrell cosechó una oleada de críticas por eurocéntrico. Dividió el mundo en dos áreas, Europa, valores, democracia, derechos.  Resto del mundo…Vaya usted a saber.  Es verdad que Europa es referencia en el mundo en materia de derechos y libertades. Pero es cierto también que hay otros lugares en los que el sistema funciona. Y desde luego nunca viene mal un poco de humildad. Porque es la posición más indicada para aprender y mejorar. Quienes miran el mundo desde la actitud de Borrell pueden morir de éxito.

Lo correcto es apreciar lo que tenemos, que es mucho. De hecho, no podría estar escribiendo esto si viviese en Irán o en Rusia, en Nicaragua o en Venezuela. Pero me hubiese gustado una reacción más acorde con los valores de los que presumimos ante situaciones como la que desencadenó este fin de semana José Barrionuevo, ex ministro de interior del gobierno de Felipe González.

El artículo que recogía las declaraciones del ex ministro sobre lo que se ha dado en llamar «guerra sucia contra ETA» comenzaba con una frase lapidaria que es todo un indicador de cómo están las cosas. “José Barrionuevo no tiene una calle en Berja, el pueblo almeriense donde nació hace 80 años. Tiene una avenida. Se la dedicó el ayuntamiento al poco de dejar el ministerio de interior donde pasó 2001 días…” El citado ciudadano fue condenado por terrorismo. Siendo jefe de la Guardia civil y la policía nacional sus efectivos, entonces la mayoría varones, secuestraban personas, ponían bombas, cometían atentados y organizaron una red mafiosa que, bajo las siglas GAL, asesinó a cerca de 30 personas. Casi un tercio de ellas carecían de relación alguna con el terrorismo. La avenida, siendo público este currículo, sigue llamándose José Barrionuevo Peña.

Esta noche he traído al Parlamento Europeo este asunto porque nada mejor que ser consciente de los topos que tiene un jardín para tratar de conservar su lozanía. En el jardín de Borrell los tálpidos hacen también de las suyas y bueno sería reconocerlo y corregir las cornadas que producen en el prestigio del sistema. Estamos acostumbrados a las reconvenciones a Hungría y Polonia. Pero es mucho más raro que se produzcan este tipo de advertencias a países más veteranos en el club europeo. Sin embargo, el sainete la renovación del Consejo General del Poder Judicial, las sentencias que firman algunos de los jueces más encumbrados en España y denostados en Estrasburgo y en general la salud institucional de un reino cuyo titular emérito es un conocido comisionista y evasor de impuestos bien merecen una actitud mucho más exigente por parte de las autoridades comunitarias que velan por el estado de derecho.

Porque los mismos jueces hipersensibles ante una declaración política independentista acreditan una incomprensible pasividad ante ciudadanos que se pasean por el mundo con bolsas de dinero en efectivo de dudosa procedencia. Todo un ejercicio de patriotismo. Porque hoy, de facto, está abolida en España la inviolabilidad de los parlamentarios. Un juez puede, si le parece que algo es inconstitucional, amenazar con procesar a un diputado que ose proponer algo que no le guste. El vodevil a punto estuvo hace unos meses de llegar al Congreso, pero se ejerce con total normalidad frente a los parlamentos autonómicos. Sus miembros, a efectos del delito de desobediencia, no son ya cargos electos que representan la soberanía popular. Son simples funcionarios.  Su iniciativa política está sometida a unas togas que no ha elegido nadie. Normalizar esta barbaridad fue precisamente el objetivo del llamado «caso Atutxa».

Esa tibieza a la hora de señalar y criticar escándalos como el descrito, a la hora de consolidar ataques a la división de poderes que son, simplemente escandalosos, es la que permitió que hechos como los que ratificó y glorificaba el domingo pasado el ex ministro Barrionuevo en esa entrevista no mereciesen jamás un reproche europeo a la altura de la gravedad que tienen y del perjuicio que infringen a instituciones y democracia. Por eso he traído esta noche aquí esas declaraciones y por eso he pedido hoy a las organizaciones e instituciones comunitarias que velan por la calidad del estado de derecho en Europa “más que un reproche” para la apología de la llamada “guerra sucia” contra ETA. Me ha parecido además indispensable insistir en que estos hechos siguen produciendo polarización, fracturan la credibilidad del sistema y ofenden a las víctimas.

En ese contexto he lamentado que el ex ministro español haya aplaudido esta semana el error que se cometió allí durante décadas para combatir el terrorismo. ETA y sus acciones terroristas cuestionaban la democracia, el pluralismo, los valores que nos permiten convivir. En vez de centrar el trabajo en defender, reivindicar y en consecuencia operar de acuerdo con esos valores varios gobiernos compraron a ETA el discurso de la guerra. Barrionuevo, de hecho en una de sus frases gloriosas destaca que “los etarras decían que era una guerra» y añadía, asumiendo el argumento, que “yo no puedo actuar contra los que disparan desde mi trinchera aunque haga algún disparo equivocado. Así son las reglas. Yo me hago responsable de todo lo que ha funcionado mal en el ministerio mientras he estado”

Pues no, así no son las reglas salvo que compres el argumento al terrorista de turno. Considerar que estás en una trinchera es asumir que, efectivamente, participas en una guerra lo que anima a prescindir de los valores pre políticos en juego. Si eso se mezcla con el ardor guerrero, la garantía de impunidad y las actitudes moralmente equívocas todo se tuerce. Así lo que el ex ministro llama  “tiros equivocados” eran, en realidad, graves delitos. Así, secuestros y fusilamientos extrajudiciales eran actos heroicos. Asesinos uniformados, capaces de enterrar en cal viva a personas que habían torturado, eran patriotas.  Y esa doble moral pudre a los gobiernos que la abrazan, a los tribunales que arbitran con esa miopía y permiten que este tipo de criminales purguen sus penas con poco más de tres meses de cárcel. También a quienes acompañaron a estos héroes en alegre biribilketa a la cárcel y a quienes hoy siguen aplaudiendo, perdonan, comprenden y alaban los crímenes de “los buenos”, de los “míos”. Pierden así toda legitimidad para criticar la misma actitud en los “otros”, en los “malos”.

Cualquier comparación que se nos ocurra entre la amable complacencia con que el establishment observa estos dramáticos hechos y la rigurosa moral que se aplica a otros delitos tan terribles como estos, pero cometidos desde organizaciones terroristas ilustra sobre la dimensión del desatino.

Creo que precisamente oponerse a esa deriva, abandonar esa dinámica de guerra, reivindicar como cuestión prepolítica valores y principios y  operar desde las fuerzas de seguridad en base a ellos fue la gran aportación que el poder autonómico vasco hizo para acabar con ETA. Yo fui parte del equipo de Juan Mari Atutxa y recuerdo que uno de sus empeños era precisamente ese: primero definir con precisión a delincuentes que se habían hecho pasar, hasta entonces, por gudaris con la inestimable cobertura y colaboración de quienes cometían errores como los que alaba Barrionuevo: «disparos equivocados». Además, aquella narrativa desde los valores se hizo en lengua vasca y desde el nacionalismo vasco. Y aportando la profesionalidad de una policía capaz de hacer lo que nadie había hecho hasta entonces, desarticular la red de extorsión etarra. Un éxito que le costó que cortasen las alas de las incipientes relaciones que a base de esfuerzo y profesionalidad había construido la Ertzaintza con la policía francesa.

Demasiado como para dejarlo pasar. Demasiado porque permitir esa relación fluida hubiese conducido a más y mayores éxitos y eso desactivaba la versión light del primer plan, el de la guerra. Porque de allí, pasamos al «todo es ETA». Así se comenzó a deslizar la especie de la connivencia como si el nacionalismo democrático tuviese algo que ver con el modelo de país que proponían los terroristas y sus métodos totalitarios.  Como si los muchos que vivimos años con escolta no supiésemos que ningún carnet blindaba contra el acecho de los asesinos. Algunos, como el propio Juan Mari, más de veinte intentos de asesinato contra su persona a sus espaldas, acabaron condenados bajo la nada sutil acusación de connivencia con ETA por cumplir las leyes. Afortunadamente el tribunal de Estrasburgo puso en su sitio a quienes cometieron semejante tropelía. Hoy los autores de aquella “ejemplar” sentencia, ridiculizada hasta extremos hirientes, reinan como si nada en las altas esferas de la justicia española.

Por eso ha concluido mi intervención pidiendo a todas las organizaciones e instituciones europeas que velan por la calidad del estado de derecho más que el severo toque de atención que esta infamia, conocida, nunca recibió. Y he denunciado que este tremendo error anima todavía hoy la polarización, fractura la credibilidad del sistema y ofende a las víctimas”.

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