HAY FUTURO SI HAY VERDAD

Estos días en los que el execrable crimen que acabó con la vida de Miguel Ángel Blanco nos recuerda la importancia de la memoria para superar este tipo de situaciones de violencia y evitar que se repitan, hemos encontrado en Colombia un ejemplo de cómo abordar este proceso con un coraje, una valentía y una energía que echo de menos aquí, especialmente en el ámbito de quienes más responsabilidad tuvieron para mantener viva la violencia entre nosotros durante tantos años. Pero también entre quienes se niegan a reconocer que los actos criminales cometidos por agentes y fuerzas del orden al “servicio del estado”, además de igual de injustos y criminales, sirvieron también para que los apologetas de la violencia política en Euskadi alimentasen su discurso justificador.

Estos días se ha presentado, primero en Colombia y luego en muchas otras instituciones, allí y aquí el informe final que durante más de cuatro años ha venido realizando la Comisión para el esclarecimiento de la verdad, convivencia y la no repetición en aquel país latinoamericano.. El pasado día 30 dos de los comisionados Carlos Martín Beristain y Alejandro Valencia hicieron lo propio en un acto en el Parlamento Europeo.

Me ha tocado seguir este proceso casi desde que comenzó a gestarse el acuerdo que acabaría con el plan para acabar con la violencia en Colombia. He seguido desde que llegue al parlamento europeo muy de cerca la situación del país y he mantengo buena relación con algunos de los principales agentes de aquel proceso. Por esa razón, quizá, fui elegida para presidir la última misión de observación electoral que el parlamento envió a aquel país y que comenzó con las legislativas y ha terminado en la segunda vuelta de las presidenciales en las que se ha impuesto el ex alcalde de Medellín Gustavo Pietro.

También estuve en las primeras elecciones en paz tras la firma del acuerdo de paz y en el referéndum en el que el mismo fue sorprendentemente rechazado, bien que, por la mínima, por la sociedad colombiana. Por supuesto que me he sumado a todas las acciones desarrolladas desde Europa para apoyar el proceso, celebrado sus aniversarios, instando a las instituciones comunitarias a seguir apoyándolo e involucrándome en general en cuantas iniciativas podían ayudar a consolidarlo.

El día de la presentación en Bruselas me encontraba en Bilbao, precisamente casi recién llegada de ese viaje, pero no quise perder la oportunidad de apoyar, una vez más este proceso y de dar mi opinión en torno al mismo, su desarrollo y en particular este informe final de la comisión de la verdad. Arriba tenéis el video que resume mis puntos de vista, que fue proyectado en esa reunión y que quiero compartir con vosotros.

Esta comisión y el trabajo que ha realizado fue uno de los indicadores más importantes, para mí, de la solidez del proceso que comenzaba. Cuando comprobé que la constitución de este grupo estaba en la agenda de logros del acuerdo de paz, certifiqué que quienes trabajaban en él, tenían muy claro que la verdad es condición imprescindible para superar décadas de conflicto. Porque la verdad es semilla de empatía. Porque ponerse en la piel del otro, es el mejor antídoto contra esa absolución colectiva que propicia uno de los sustantivos habituales en la guerra: el fragor. Porque esa emoción bélica es el primer fuego que hay que apagar. No en vano tiene como función principal abatir los reflejos que nos protegen de nuestra propia inhumanidad. Y el fragor, prendida la mecha puede confundir a cualquiera.

En mi intervención celebré también la profundidad del trabajo realizado. Espero que los más de 30.000 testimonios recogidos, los estudios detallados de 730 casos, la proliferación de foros de diálogo, la participación de cientos de voluntarios y más de 800 organizaciones centradas en saber y entender lo que ocurrió destierren el fragor de la realidad colombiana. Espero que nos ayuden a certificar que la violencia, el abuso, la violación, el secuestro siempre restan. Nos van a recordar que deshumanizar al otro, que ver en el otro solo a un enemigo, que dejarse llevar por esa espiral oscura que agitó Colombia en las últimas décadas, solo produce derrotas.

Por eso admiro y envidio la valentía con la que Colombia busca, con su verdad, la vacuna contra la repetición. Por eso sé que la comisión de seguimiento mantendrá viva la misión que tan solo comenzó ayer con la presentación del informe y que requiere, necesita y obliga a cumplir los acuerdos de paz.

Lo digo con la esperanza que me proporciona haber seguido la evolución de Colombia desde hace casi quince años. Tenía la vocación y curiosidad de quien proviene de un país que tuvo su desgraciada ración de odio. Que lucha contra el riesgo de la amnesia. Que tiene la vocación de emprender. He vivido la firma del acuerdo comercial, la negociación y referendo del acuerdo de paz, sucesivas observaciones electorales, la última concluida la pasada semana. Y prefiero, sin duda la Colombia de hoy, esperanzada, al país desgarrado de ayer. El que aprendió que si la paz no tiene precio es porque cualquier guerra es siempre mucho más costosa.

Hay sin duda razones todavía hoy para la inquietud y la preocupación. Seguimos lamentando crímenes y actos de violencia que se ceban en defensores de los derechos humanos y líderes de comunidades campesinas. Lamentamos algunas ausencias del estado. Pero los acuerdos de paz siguen siendo sólidos argumentos para la esperanza. Una virtud que tenemos que cultivar con el relato didáctico y clarificador de la Comisión de la verdad. Que impulsa una sociedad que presenta inmejorables credenciales sobre la solidez y potencialidad de sus valores. Cimientos de paz, justicia y solidaridad, que percibimos en la acogida que Colombia ofrece a las personas que huyen de Venezuela.

Entre aquella sociedad dolorida y enfrentada que conocí y la de hoy hay un esfuerzo colectivo por buscar la paz. Un trabajo de fondo para combatir la injusticia social y la discriminación que son caldo de cultivo para la guerra. Cantera de soldados con nada que perder. Esa peligrosa combinación que cataliza todas las barbaries. Apoyemos este esfuerzo con una voluntad decidida por parte de las instituciones comunitarias y quienes trabajamos en ellas de seguir apoyando con política y con medios, este apasionante proceso. Un camino que puede convertir a Colombia en referencia y ejemplo de lo que no queremos ser: el olvido.

 

 

 

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