PREVENCION, MEMORIA Y OTRA POLITICA PARA DESARMAR EL EXTREMISMO

| 1 noviembre 2019 | Responder

El Parlamento Europeo ha celebrado esta semana un debate sobre la amenaza de ataques terroristas patrocinados por organizaciones neonazis o de extrema derecha anti sionista en Europa que viene creciendo en los últimos años especialmente en Alemania. El número de actos de violencia extremista y xenófoba ha aumentado de manera exponencial en aquel estado en los últimos años. El conjunto de ataques cometidos o auspiciados por organizaciones extremistas de cualquier signo pasó de 774 en 2017 a 821 en 2018. Los específicamente relacionados con movimientos fascistas antisemitas de orientación neonazi crecieron un 70 por ciento, pasando de 28 en 2017 a 48 en 2018. Estas cifras y la extrema violencia y frialdad con que se cometen estos ataques, como la que mostró el autor del atentado en Halle propiciaron este debate.

Durante el mismo reivindique que la investigación y prevención policial y las políticas de memoria son básicas para combatir la creciente amenaza de este tipo de ataques como el que costó la vida a dos ciudadanos alemanes el pasado 19 de octubre en la localidad alemana de Halle. El ataque se produjo en un día especialmente significativo para los hebreos como es la festividad del Yom Kipur. (expiación de los pecados)

Me dio pena no poder dedicar un poco más de tiempo (las intervenciones son aquí de un minuto) a describir los hechos porque ilustran muy bien la tipología del problema que en mi opinión incorpora no solo este vector ideológico sino otros comportamientos ritualizados que tienen que ver con la progresiva falta de empatía que produce un enclaustramiento excesivo en las relaciones indirectas que propicia la cibernética.

El autor de los asesinatos, un joven de 28 años de una familia sin problemas de ningún tipo se había fabricado sus propias armas utilizando una impresora “3D” que tenía en casa. Eso da ya una pista del tipo de vida que llevaba en Internet donde hay que empezar a descender a la Deep web para encontrar ese tipo de archivos. Su objetivo era la sinagoga de Halle pero encontró las puertas cerradas. Descargó no menos de veinte disparos contra ellas, pero no consiguió abrirlas. De lo contario hubiese cometido una verdadera matanza. Frustrado, abandonó la zona u mató a las dos primeras personas que se encontró en el camino. Toda su peripecia la filmo con una cámara de vídeo y la retransmitió en directo recogiendo algunos comentarios burlescos porque no había conseguido su principal objetivo.

En algunas de las crónicas que leí al respecto en medios alemanes se sugiere que estas burlas le animaron a matar, al menos a alguien. Así que disparó contra una mujer que regresaba a su casa y contra un joven trabajador que almorzaba en un restaurante turco uno de los clásicos kebabs que suelen servir esos restaurantes.

Por eso me pareció básico comenzar mi intervención citando por su nombre a las dos víctimas, Jana y Kevin. Nadie más lo hizo. Jana era una mujer de 40 años que disfrutaba con la música pop. Kevin, un joven pintor de veinte que trabajaba en una obra cercana. Vida y proyectos eliminados por un asesino lleno de odio.

Aunque el joven Stephan fue el autor de los disparos hay un caldo de cultivo que anima esas acciones. Hay que denunciar el qué, el extremismo derechoso y antisemita que crece y se blanquea no aislando a quienes lo predican.

Pero hay que cambiar también el cómo”. Y el cómo está demasiado presente en nuestra vida política como para tomárselo a broma. Estoy cansada de tremendismo absurdo. Mientras escribo esto veo un twit de la vicepresidenta del gobierno comparando Franco y sus cuarenta años de dictadura con las conductas de los injustamente condenados líderes políticos y sociales de Cataluña y me espanto. Más leña al fuego y con un tema especialmente sensible y doloroso para tantos que encenderá otra hoguera, esperemos que solo dialéctica.

Pero es que esto es el pan nuestro de cada día. Estoy cansada de supuestos líderes políticos que han abdicado de hablar de utilizar la empatía para tratar de entender a los demás. Que utilizan encima el desplante como argumento y que acaban convirtiendo la vida política en una colección de exabruptos y despropósitos consignados en los 240 caracteres que tiene un twit. Eso no es política. Eso banaliza la política. Y eso es lo más ajeno a la inteligencia emocional que se me ocurre.

Por eso en este debate he criticado no solo el qué, el discurso concreto, la causa que anima el odio. Me ha parecido además clave criticar también el “cómo”. Ese discurso simple, ramplón, enfrentador, el de los irresponsables que consiguen votos fabricando “otros” odiables, distintos, prescindibles. Por eso me he referido a la banalización y simplificación de la política. Al “cómo” se difunden estos mensajes que llegan a los ciudadanos a través de “bustos parlantes, recitadores que nunca escuchan, y que casi siempre insultan. Frente a ellos la paz y la palabra. El dialogo, el pluralismo y la empatía. En ese marco no hay “otros”. Convivimos personas con derechos. Seres humanos como Jana, Kevin, Mohamed o Salom.

Los poderes públicos tienen que prevenir estos discursos y hay buenas prácticas estimulantes al respecto en Euskadi, quizá porque sabemos bastante de programadores de odio y fabricantes de slogans “anti todo lo que no es como yo”. Un buen ejemplo son las plataformas interculturales que promueven desde la Ertzaintza para acercar religiones y culturas. También hay que investigar posibles redes de delincuencia que se organizan en torno a estos movimientos extremistas. Y, por supuesto hay que recordar lo que nos trajo en el pasado el extremismo. El derechoso antisemita, el estalinismo maximalista, el nazismo o las burradas que difundía para justificar sus crímenes el aparato de propaganda del dictador que esta semana, ras décadas de humillación a sus víctimas, han sacado de su mausoleo.

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