UN PAZO, UN DICTADOR, UN ESPOLIO.

El grupo de Eurodiputados por la memoria del Parlamento Europeo, viaja de nuevo. Esta vez al Pazo de Meirás. Apoyamos la reclamación de instituciones y ciudadanía para que esta hermosa casona, que fue antes que de los Franco vivienda de Emilia Pardo Bazán, vuelva a sus legítimos propietarios. Se recupere como centro de memoria y recuerde también a su más constructiva y sugerente propietaria, la escritora, claro. No el dictador. Mis compañeros de expedición os explican en el vídeo que encabeza esta crónica los objetivos de esta visita. Aparecen en el vídeo Ana Miranda, Jill Evans, Jordi Solé y Miguel Úrban.

Mi compañera de O Bloque Nacionalista Galego Ana Miranda nos ha organizado una visita de enorme interés asistida por la infatigable Pilar Martínez Vazquez que ha servido para que la prensa pueda grabar una inédita rueda de prensa en los jardines por los que se paseaba el “generalísimo”. Y para recoger un montón de datos y argumentos para seguir explicando en Europa por qué el tratamiento que ha tenido la trayectoria criminal de la dictadura franquista ha sido en España tan diferente y tan injusto al que ha tenido en otros países europeos. Para entender lo que he vivido estos dos intensos días en Galicia hay que recurrir a un truco cinematográfico, al clásico flash back que sucede al típico comienzo impactante de una película. Cuando aún no has digerido del todo lo que acabas de ver aparece en pantalla “cuarenta años antes” y empieza a desarrollarse la trama que lo explica todo.

En A Coruña hemos visto estos dos días un hecho inexplicable hace tan solo cinco años. Una sociedad movilizada que reclama que El Pazo de Meirás, un supuesto regalo que la sociedad gallega hizo al dictador genocida Francisco Franco sea devuelto a sus legítimos propietarios. Un potente movimiento cívico, asociativo y cultural que se agita y ha puesto sus ojos en otros frutos del espolio al que los Franco sometieron a esta tierra durante los “cuarenta años de paz” como con inconcebible cinismo llamaban los partidarios del dictador a su criminal andadura. Así, que para entender esta historia, que empieza con el vídeo que habéis visto, imaginaos: “Ochenta años antes”…
La escena se desarrolla en una casa muy modesta. El rostro de la mujer, Hermelinda, piel curtida y más arrugas que las que le corresponderían para su edad, se asoma al mundo enmarcado debajo del clásico pañuelo anudado bajo el gaznate. Escucha a un sujeto de esos que, hace meses ya, gallean por la zona. Camisa azul, bigotillo, flechas rojas bordadas en la pechera y una chulería que va mucho más allá del aspecto entre relamido y ridículo que le otorga ese pelo repeinado que se ha puesto de moda. Lamentablemente todo el mundo va aprendiendo que a esos adjetivos hay que añadir el de “amenazador”.

El año no ha sido bueno y eso que vendió en el mercado de Sada más filloas que nunca, pero, Anselmo, esa maldita enfermedad…médicos, botica…menos mal que el terruño ofrece lo imprescindible para al menos no morir de hambre, aunque cada día no sea una sorpresa lo que hay para comer.
El hombre le ha informado rápida y eficazmente del negocio que le trae hasta allí. Simplemente le pide dinero. 25 pesetas hoy y otras tantas el mes que viene. Luego, veremos…Aquel cretino, del pueblo como ella, jamás le habló antes en castellano. Ahora si. Le explica, sin la fluidez que tiene en su lengua materna, que si no hay dinero llegarán los problemas. “Seras como todas las malas personas que andan por aquí. Y ya sabes lo que les pasa a las malas personas…” La tos seca y dolorosa de Anselmo se cuela en la escena mientras Hermelinda asiente. Ven mañana, le dice…y piensa en el “monte de piedad” al que llevará el viejo reloj que contó con su padre horas, minutos y segundos. Durante años cada día sufrirá la amargura que le produjo aquel recuerdo, el dolor por la muerte de Anselmo. Igual aquel reloj le hubiese permitido comprar la mágica penicilina…Hermelinda se irá con Anselmo años después. sin contar nada. Sus hijos hasta hace poco no sabían que en su casa, también.

Esa escena se repitió muchas veces en torno al Pazo de Meirás, oficialmente un regalo del pueblo gallego al dictador Franco. Realmente un ejercicio sistemático de extorsión para quitar a la gente lo poco que tenía, para obligarles además a comprar banderas con las que engalanar cada casa de Sada, de Mera, de Oleiros, de todas las aldeas que rodean el palacete en el que el dictador pasará unos cuantos veranos. Para que no se olviden de vitorear al “caudillo” en las señaladas fechas en las que les honra con su egregia visita…

Esta tremenda historia se cuenta en el libro “Meirás, un pazo, un caudillo, un espolio” de Carlos Babío Urkidi y Manuel Pérez Lorenzo. Una rigurosa investigación histórica que ha servido de base para informar a tanta gente de que lo que siempre se vendió como un regalo fue, en realidad un robo. Para suministrar a las instituciones material para informes y actuaciones jurídicas que reparen aquella infamia. Para poner en marcha otros procesos de investigación, como el que ha descubierto que tras otra donación, como la de la casa Cornide, se ocultaba una estafa al erario público que ha engordado el patrimonio del dictador. Ahora sus herederos parecen decididos a convertir en cash aquellas piedras antes de que les sigan costando dinero y, sobre todo, antes de que prosperen los intentos de instituciones y ciudadanía para devolver estos bienes a sus legítimos dueños: las y los gallegos. En eso trabajan asociaciones como la de Manuel Monge o fundaciones como la de Paco Jorquera.

 

Hoy entra en el Pazo significa vivir el cartel “cuarenta, cincuenta, sesenta… años antes”. Un busto del dictador con el escudo preconstitucional preside un vestíbulo frío, enorme. Repleto de trofeos de caza. Corzos, rebecos, placas que recuerdan cuando y dónde. Cuesta poco recrear al ambiente de “La escopeta nacional”. El guía, un empleado de la fundación Francisco Franco, se refiere siempre al patrón como “Caudillo” o “Generalisimo”. No quieren fotos, quizá porque algunos cuadros, banderas al viento en el tercer año triunfal, presidiendo además la biblioteca privada del general lo digan todo…
Otro asunto que asombrará de nuevo a más de uno, como nos ocurrió con las valoraciones de nuestros colegas de otros estados con el mal llamado “Valle de Los Caídos”.

Otra vergüenza sobre las que nos han ilustrados tantas y tantas buenas personas que nos han enseñado las cicatrices que supuran aún dolor en El Portiño, en la casa Cornide, en el Pazo, en el memorial al que se asoma la Torre de Hércules. Un movimiento que hemos visto sólidamente asentado en el ayuntamiento de A Coruña con su alcalde Xulio Ferreiro a la cabeza y en la Diputación de A Coruña, donde su vicepresidenta Goretti Sanmartín nos explicó la artillería pesada con que esperan abatir las murallas que permiten a los Franco seguir conservando el Pazo. Otra visita que nos anima a seguir con el trabajo emprendido por este grupo de eurodiputados que sin ningún ánimo de revancha, simplemente queremos ser, en este asunto de la memoria histórica, igual que el resto de los europeos.

 

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Comentarios (3)

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  1. Io dice:

    Y a mi que me gusta más con X, EXPOLIO.
    Claro está que puede escribirlo como guste.
    Pero a mi me gusta más con X

  2. Io dice:

    Pues para ser “iguales” que el resto de los europeos, en esto de la memoria histórica, ¿no debieran ser análogos, por lo menos, los hechos históricos a los que se refiera la memoria?

    ¿Cabe tal analogía?

    Veamoslo por encima.

    Duración del régimen nazi en Alemania: 12 años, más o menos . Fin de Hitler: Suicidio.

    Duración del fascismo en Italia: 27 años, más o menos. Fin de Mussolini: Asesinato.

    Duración del franquismo: 36 años, más o menos, desde el final de la Guerra Civil Fin de Franco: Vejez y en su cama, tras cierto ensañamiento médico en mantenerlo vivo.

    Si bien la violencia formó parte esencial del nazismo, como la propaganda, no tuvo las connotaciones de la violencia en la guerra civil española o en nuestra postguerra.

    De modo que, con todo respeto, no cabe mayor arbitrariedad que tratar como “iguales” a procesos históricos que no son iguales aunque presenten rasgos comunes.

    Entre algunos cultivadores de nuestra memoria, prima lo histérico sobre lo histórico, me parece a mi.

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