INTELIGENCIA EUROPEA, INTEGRACION, HONESTIDAD Y COHERENCIA CONTRA EL TERRORISMO

Como no podía ser de otra manera entre ayer y hoy el Parlamento Europeo ha abordado esta semana en su pleno los atentados de París y sus secuelas. Yo me he alegrado y he saludado la intervención del presidente de nuestro grupo Guy Verhofstadt, que se recoge en el vídeo que abre esta crónica. Yo creo que hay que pedir honestidad y coherencia frente al terrorismo internacional. Honestidad porque tras el atentado contra Charlie Hebdo todos estaban de acuerdo en que había que mejorar la coordinación y el intercambio de datos y no se ha hecho. Es más a nivel interno se sigue expresamente negando integrar policías como la Ertzaintza en este sistema común de información.

Coherencia  porque hay que acabar con la demagogia. Porque el terrorismo yihadista tiene un origen muy terrenal: proteger los privilegios de élites perfectamente identificadas que quieren mantenerlos oprimiendo, para empezar a cientos de millones de mulsumanes en el mundo árabe. Por eso identificar musulmanes y terroristas es absurdo. Así se reconoce en el informe que hemos aprobado esta mañana para evitar la radicalización. Uno de los párrafos de este informe dice con mucha razón que la radicalización no debe asociarse con ninguna ideología o confesión en concreto sino que puede darse dentro de cualquiera de ellas.  Ojala quienes defienden esto aquí hubiesen aplicado esa máxima en Euskadi respecto al nacionalismo vasco. En definitive, más reflexión, más coherencia, más honestidad y menos gestos para la galleria. Algo que hemos defendido incluso en los peores momentos

Yo creo en la creación de una inteligencia europea basada en el intercambio fluido de datos entre fuerzas de seguridad, la superación del concepto de “seguridad nacional” y la coordinación de todos los recursos disponibles para afrontar el terrorismo internacional. Así lo defendí  en este artículo publicado al alimón con el presidente de los Demócratas y Liberales Europeos (ALDE) Guy Verhofstad tras la masacre contra Charlie Hebdo. Entonces todos los grupos aplaudieron nuestra hoja de ruta contra el terrorismo internacional. Hpoy meses después y con otra tragedia terrible que lamentar estas propuestas no se ponen en marcha porque tropiezan con el trasnochado concepto de “seguridad nacional”. Las víctimas del terrorismo necesitan apoyo y solidaridad, pero además unión, algo muy distinto que unidad.

El propio Guy Verhofstadt, que ha desmontado las acusaciones de algunos políticos sobre la negativa del parlamento europeo a aprobar un sistema de intercambio de información de viajeros (PNR) ha insistido en su intervención de hoy en estas mismas ideas. Ha reivindicado la creación de una agencia Europea de inteligencia  y ha insistido que para conseguirla la seguridad debe primar sobre la soberanía. El ex primer ministro belga ha puesto un ejemplo bien reciente de los problemas que plantea la negativa a compartir información. “Los terroristas, ha dicho, no respetan las fronteras nacionales, por lo que debemos tener una seguridad e inteligencia por encima de las fronteras. El caso de Abdeslam (el “cerebro” de los atentados de París) que todavía sigue libre, es prueba de ello. En la noche de los ataques de París, fallaron los controles en Cambrai y Abdeslam pudo continuar su viaje debido a que la policía francesa no tenía la información que necesitaban, que sin embargo, la policía belga si tenía”. Por ello ha defendido una “Agencia Europea de inteligencia al servicio de todos los países de la UE, que sin duda hubiese neutralizado a Abdeslam. Si hay que elegir entre la soberanía y la seguridad, la seguridad de nuestros ciudadanos debe prevalecer”.

Igualmente Guy Verhofstadt ha hecho pública hoy una carta dirigida al presidente de la Comisión Jean Claude Juncker y el Comisario de Interior Dimitris Avramópulos insistiendo en estos conceptos.

Estos planteamientos añaden perspectiva a la polémica aún reciente por la negativa de PP y PSOE a permitir la conexión de la Ertzaintza con las bases de datos internacionales sobre Yihadismo y el recurso contra la convocatoria de plazas para mantener la plantilla de la Ertzaintza en épocas de evidente necesidad. Descubren, ni más ni menos, que la mal llamada “unidad” antiterrorista es en realidad la aceptación acrítica de slogans y la firma de cheques en blanco a algunas autoridades. Esa “Unidad” encubre, entre otras cosas, la resistencia de los estados a compartir información.

Frente al terrorismo, por eso no necesitamos unidad, sino unión. Unión es acordar una respuesta común, inteligente, honesta e integrada contra el fanatismo. Que huya del populismo. Que no margine a nadie. Que cuente con todos los recursos disponibles para combatir esta amenaza. Que asuma que estamos ante un fenómeno transnacional.

Recordando los perfiles e historia de los autores de los últimos atentados, cuyo historial era conocido en Bélgica e ignorado en Francia hay que insistir en que los terroristas viven aquí. Ahora está de moda entre los derechistas más conspicuos recuperar las fronteras, acabar con el espacio Schengen. La experiencia demuestra que esas fronteras que algunos quieren recuperar solo bloquean hoy la circulación de los antecedentes penales y la información de personas muy peligrosas, europeas, que no vienen de fuera en ningún avión ni camufladas entre las oleadas de refugiados. Viven aquí, se mueven en las comunidades locales. Mientras aquí, oímos a los grandes partidos que las policías con más capacidad para trabajar en ese terreno no deben participar en el intercambio de datos. Eso ni es inteligencia ni es seguridad.

Con esa sensibilidad para lo que debería ser elemental y evidente, a personajes como el ministro español del interior seguramente se le atragante también otra parte fundamental de nuestra hoja de ruta. La prevención del reclutamiento y la radicalidad requiere una intervención multidisciplinar. Necesitamos también educación, política social y expectativas para que nadie piense que matar muriendo es una alternativa.

Finalmente necesitamos una respuesta exterior común que tenga en cuenta algunas verdades elementales y ampliamente conocidas. Los privilegios terrenales de que disfrutan algunas élites perfectamente identificadas y no la religión son el origen de un terror cuyo primer objetivo es someter a millones de musulmanes. El atentado de ayer en Túnez es una elocuente prueba.

LUCHA CONTRA LA RADICALIZACIÓN

También ayer vivimos otro debate muy interesante sobre la prevención del radicalismo que ha captado ya 5000 jóvenes europeos para la causa del autodenominado “Estado islámico”. Este documento sobre la radicalización y captación de europeos por parte de grupos terroristas, elaborado por la ex ministra gala de justicia Rachida Dati se ha aprobado esta mañana en el Parlamento Europeo.

El documento afirma en su artículo primero con toda la razón del mundo que la radicalización no debe asociarse con ninguna ideología o confesión en concreto sino que puede darse dentro de cualquiera de ellas. Ojala quienes defienden esto aquí hubiesen aplicado esa máxima en Euskadi respecto al nacionalismo vasco que tampoco tiene nada que ver con los objetivos de ETA. Algún ilustre filósofo defiende la peregrina teoría de que el nacionalismo vasco es una ideología criminógena. Otros cultivados “intelectuales” abonan la especie porque vienen bien, la defienden los grandes para descalificar las posiciones políticas de los pequeños  y, sobre todo porque llena bolsillos, aunque tenga la misma relación con la verdad que una pelota vasca con una tableta de chocolate belga.

Un repaso a los argumentarios políticos de ETA, más próxima al marxismo leninismo que a ninguna otra cosa debería ser suficiente para poner en su sitio a estos predicadores. Hoy el Parlamento Europeo les recuerda además que matar, en Europa, se ha matado en nombre de casi todo. Cualquier persona con un mínimo espíritu crítico debería buscar, en consecuencia, otros denominadores comunes en este tipo de movimientos violentos, por ejemplo, el fanatismo, el extremismo y la sectarización. Lamentablemente la comodidad, la pereza o los intereses sustituyen demasiado a menudo la reflexión.

Me consta que quiénes han redactado este documento han aprovechado en alguna medida la experiencia de quienes hemos sufrido en carne propia los efectos de la radicalización. Estigmatizar al otro, al diferente, abre brechas injustas y de larga duración y ofrece coartadas a los fanáticos. Lo hemos vivido en Euskadi.

Muchos consideran que discrepar de un derecho penal de excepción que amenaza hoy con quebrar el espacio común de justicia y seguridad europeo, o defender derechos fundamentales es apoyar el terrorismo. Así, hombres y mujeres que vivimos años con escolta fuimos acusados de ser cómplices de nuestros verdugos. Así personas que discrepamos de un modelo de estado caduco e ineficiente y exigimos democráticamente y con todo el derecho abrir un debate al respecto éramos acusadas de filoterroristas. Toda una demostración de sutileza intelectual y convicciones democráticas que se rechaza por esos mismos partidos cuando se trata de hablar de islamismo y terrorismo.

Por ello la radicalización hay que prevenirla en la familia, en la escuela o en el ciberespacio pero hacen falta más datos y otra actitud. Necesitamos  más valores y menos slogans. Más reflexión y más sinceridad. Hay que revisar con más atención y espíritu crítico, la marginación, la discriminación y las expectativas que ofrecemos a muchos jóvenes. Hay que revisar cómo contamos y entendemos el mundo. Cuáles son los efectos de nuestra trayectoria en los países en conflicto y de los bombardeos con aspecto de videojuego que nos sirven en el telediario para ilustrar nuestra hiperactividad y eficacia contra el estado islámico.  Los muertos que nos duelen aquí son iguales que los que mata el mismo fanatismo en Nigeria, en Siria o en Mali.  No vamos a resolver un fenómeno nuevo y global con los esquemas de la guerra convencional.

 

 

 

 

 

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